Una estética del grignoter

Colaboración de Leland Palmer para  CLIFT fanzine 

“Mírate, Sócrates, así con tu barriga colgando y tus sucios pies desnudos. Si alguien parece indiferente a la apariencia eres tú. Nadie te querría contratar si buscara un abogado. Nadie te querría para nada, especialmente cuando andas por la plaza diciendo a todo el mundo que no sabes nada excepto que eres totalmente ignorante. Eres un absoluto maestro de las apariencias, y por medio de tu apariencia consigues que la gente se relacione contigo precisamente como tú quieres. Sería realmente un buen castigo si los gobernantes te obligaran a cortarte el pelo, ponerte un par de sandalias decentes y perder un poco de barriga. Probablemente preferirías la ejecución a cambiar tu aspecto.[1]

Si tomamos la propuesta de Danto, llamaremos Aesthetikoi a aquellos cuya profesión es ayudar  a que los individuos logren la apariencia que en su opinión representa lo que son[2]. Aceptaremos entonces que la apariencia guarda la capacidad de engañar a los demás, puede inducir a falsas creencias y a crear patrones en blanco de condena moral. Esta posible mediación del Aesthetikoi como aquel que puede tergiversar y manipular las apariencias, se muestras entonces como un peligro real para los crédulos. El Aesthetikós se nos muestro más sutil en el momento en el que  la censura es aplicada, por tanto es fundamental tener presente este significado de Aesthetikós y no el de mímesis para plantear la cuestión de las apariencias en la vida humana.

Es sabido que en Cataluña, especialmente en Barcelona, del mundo de las apariencias y de la experiencia estética tenemos un basto conocimiento. Somos una de las capitales reconocidas internacionalmente por nuestro ambiente cultural, por nuestra producción cultural. Históricamente hemos sido un referente para el arte, hemos coloreado el mundo con azulejos de Gaudí. Ahora, Barcelona vuelve a ser pionera gracias a una nueva estética, hemos pasado de puntillas por la estética modernista para llegar a la estética del grignoter, vocablo francés que designa mordisco. Una nueva estética revolucionaria, una estética tan vanguardista que ha logrado un cambio de paradigma, superar el discurso anti-institucional para incorporar a la clase política en el arte contemporáneo, consejeros y alcaldes se han convertido en los nuevos agentes del mundo del arte. Seducidos por la estética del grignoter, estos nuevos comensales del arte han abierto la veda a la degustación de las más exquisitas publicaciones. Una de-construcción del texto, los más exquisitos juegos de lenguaje llevados a la gastronomía, algo que hasta ahora habían mantenido en la más estricta intimidad pero que, finalmente, jadeados por sus conciudadanos, han salido a compartir con toda la audiencia. El sueño de convertirse en Aesthetikós se ha hecho realidad para doctos ilustrados como Ferran Mascarell, Jaume Ciurana o Josep María Corominas, entre otros. El anhelo del contacto con los quehaceres artísticos ha llegado a su fin para estos nuevos curators.

Nuestros noveles abanderados de la estética del grignoter han formado un lazo de ávidos comensales alrededor de los contextos estéticos. Precisamente ha sido este lazo el motivo de ciertas suspicacias, acusando a los nuevos estetas de practicar la censura a partir de la estética del grignoter, devorando libros y archivos. Una de-construcción del texto que significa para algunos la desaparición final del texto. Los detractores de esta nueva estética plantean que si afrontamos la cuestión de la censura  en la actualidad, entonces debemos tener en cuenta el poder de los contextos estéticos para legitimar sus contenidos, es decir, deberíamos evaluar qué papel juega el contexto estético en la interpretación de términos o realidades que son rechazados por los contextos sociales y que por tanto, son oprimidos, borrados o re-elaborados en la práctica artística. ¿Cómo nos enfrentamos al uso de la expresión a través de un dispositivo para crear, o incluso reafirmar una realidad que es moralmente reprobable? El debate presente a raíz de esta nueva estética viene de la mano del planteamiento de una supuesta viabilidad de la existencia de una moralidad pública y de la necesidad de abordar la problemática de la permisividad a la hora de expresar lo que es o no aceptable en nuestra cultura. Qué permitimos y qué censuramos.

Una de las delicatessen del grignoter son los juegos de lenguaje. Los que los han probado afirman que son deliciosos, de textura robusta con un toque picante. Este mordaz sabor se debe a que los juegos de lenguaje devienen en relación a lo que se quiere explicitar, ocultar o tergiversar, de modo que están presentes en todo proceso censurador. La receta es simple pero eficaz: qué muestras, como lo muestras y a quién se lo muestras. Pero para no perder el sazón de la página debemos recordar que en el proceso de censura, y el proceso de evitar a la misma, es más importante el proceso semántico que las sanciones externas al proyecto. Evaluar el proceso censurador en la práctica artística, o de proyectos que tienen una recepción social, desde el pensamiento crítico nos sitúa ante la necesidad de repensar la importancia de los usos del lenguaje en este supuesto de aceptar  la existencia de una moralidad colectiva que borra elementos que entran en conflicto con una hipotética aspiración al bien común. De la misma manera que nos exige una evaluación de las relaciones de las instituciones, de las que tienen capacidad censora y que la aplican en favor de diversos intereses políticos que devienen en un supuesto contexto democrático dónde, a priori, puede parecer paradójica la existencia  de un proceso censurador. Por tanto, los críticos de la estética del grignoter proponen pensar cómo debemos enfrentamos a las diferentes dinámicas de censura en el contexto democrático actual, por parte de instituciones públicas y privadas, donde confrontan los intereses del proyecto y los intereses de la institución. Uno de los últimos casos que ha suscitado polémica respecto a esto anterior ha sido el caso de Jorge  Luis  Marzo.

Jorge Luis Marzo tras escribir y publicar el libro L’era de la degradació de l’art i de la política cultural a Catalunya, donde denuncia las malas prácticas de la estética del grignotery su voluntad totalizadora, perdió repentinamente su trabajo en Elisava. Tras este despido, el mundo del arte se abalanzó sobre los nuevos agentes acusándoles de utilizar su afamada bibliofagia para hacer políticas culturales en lugar de cultura, a lo que ellos se defendieron alegando: “Simplemente se ha tratado de una indigestión, la páginas cocinadas por Marzo abusaban de condimentación. A nosotros nos gusta más comer lluç hervido”.  Al parecer  las próximas producciones culturales catalanas girarán en torno a sales de frutas que apacigüen estos doctos estómagos.


[1] A. DANTO. 2010. La verdad desnuda. En Ética y Estética. Ensayos en la intersección, 397-432. Madrid: La balsa de la Medusa

[2] Ibídem

 

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